LA PASIÓN EN TORNO A LA VIRGEN DE LOS LLANOS

Numerosas actividades, en forma de actos y cultos son realizados en nuestra ciudad a lo largo del año y muy especialmente en estos días en torno a la celebración de Semana Santa. Todas ellas respiran un mismo aroma y un propio sentimiento que se refleja en la mirada de una madre ante su hijo cuando ésta lo ve sufrir, pero todas miran al mismo hombre, a Cristo.

María ocupa un lugar destacado en el corazón de todos los cristianos, pero especialmente entre los hombres y mujeres de Albacete y su provincia bajo la advocación a la Virgen de los Llanos. Muestra de ello es ver que en los últimos años hermandades pasionales, cofradías, gremios, asociaciones de fieles y otras instituciones, tanto públicas como privadas, unen sus signos y símbolos a María Santísima de los Llanos.

Su amor y sentimiento hacia María hace más fuerte el vínculo y además se estrecha de manera honorífica cuando medallas, placas, condecoraciones, ofrendas y obsequios son ofrecidos a modo de dignidades como agradecimiento a la protección de María de los Llanos. Eso es exactamente lo que podríamos denominar la devoción del pueblo de Albacete a la Madre de Dios.

Nada nuevo descubrimos si entendemos que solo hay una manera de llegar a Cristo, y esta es a través de su Madre. La Religiosidad popular cuyo origen podríamos situar, en el mayor de los casos, en la Edad Media por causas diversas siendo una de ellas la predicación de las ordenes mendicantes y la más conocida y estudiada los movimientos de la contrarreforma tras el Concilio de Trento, como respuesta a la defensa de la fe y la creencia católica frente a pujantes movimientos protestantes, se produce una de las mayores significaciones marianas de nuestra historia haciendo manifestaciones públicas de fieles en torno a María, y siendo estas el caldo de cultivo de la creación de las primeras asociaciones, cofradías y gremios que ayudarían a propagar la fe católica y junto a ella realizar obras piadosas y caritativas.

Hoy, 478 años después, mantenemos aquella profunda religiosidad de la sociedad medieval que ayudó, sin duda alguna, a establecer vínculos que ayudaron a propiciar un clima donde compartir la fe y hacer cosas tan importantes como ayudar al necesitado y proteger a la familia.

El amor a María se ha mantenido siempre bajo el respeto y fraternal amor que un hijo tiene hacia su madre, con la diferencia de que esta bendita flor se encuentra viva en nuestro corazón y nos protege bajo su manto protector desde que nacemos hasta que morimos. Ella es capaz de darnos el amor que necesitamos, la unión entre hermanos que tanta falta hace, la escucha, el entendimiento y sobre todo la buena disposición ante las dificultades que la sociedad actual crea en forma de discordia o contra natura.

Ella nos dejó la saludable devoción del Santo Rosario al que el Papa Juan Pablo II decía que “El Rosario me ha acompañado en los momentos de alegría y en los de tribulación. A él he confiado tantas preocupaciones y en él siempre he encontrado consuelo” y es también la Carta a los hebreos, 13,20 en la que dice “Y este señor como autor de la paz que resucitó de entre los muertos, a aquel pastor grande, bañado por la sangre del eterno testamento, que los es nuestro señor Jesucristo, nos habilite para todo bien” argumentos suficientes que según Gilbert Keinth Chesterton dice que “Se necesita una verdad para crear una tradición” y esa verdad es Cristo.

Pues bien, esa bondad y humildad hecha carne, que vino al mundo para redimir nuestra culpa, florece hoy entre campos y flores tras la luna llena del equinocio primaveral anunciando que a los pies de María todo es posible. Por lo cual podríamos realizarnos las siguientes preguntas ¿Qué papel juega María en la pasión de Cristo? ¿Por qué en la celebración de nuestra Semana Santa existen cofradías cuyo titular es María? ¿Por qué Jesús puso a María en el centro del todo?

María ha gozado de gran devoción y arraigo mediante cofradías creadas en torno al Rosario que desde la segunda mitad del S. XVI impulsadas por los Dominicos, los cuales organizaban rosarios públicos por las calles de las ciudades llegando a obtener gran notoriedad y estar respaldadas por laicos llegando a mantener una tradición tan bonita con los afamados rosarios de la Aurora que se realizan al amanecer.

Nuestro Culto a la Santísima Virgen María no disminuye nuestro Culto a Cristo, sino que lo acrecienta, dado que la Madre siempre nos lleva al Hijo: “Hagan todo lo que Él les diga.” Nos dice (Jn. 2, 5). Pero la clave de la incorporación de María a las Cofradías penitenciales es que la Iglesia considera a María Mediadora de la Salvación. Si Jesús murió para salvarnos, y María es mediadora de la Salvación, María es co-protagonista de la Pasión de Cristo.

María es la esclava del Señor que aceptó con humildad el designio del Padre, concibiendo en su Inmaculado seno su Divino Hijo, educándolo y acompañándolo en su Pasión y Muerte Redentora en la Cruz. En el camino doloroso y en el Gólgota está la Madre, la primera Mártir. De ahí que las primeras advocaciones de María en la Semana Santa estén relacionadas con la Pasión: Virgen de los Dolores, de la Amargura, de la Soledad, de las Angustias o de la Piedad.

Por lo tanto, ante lo expuesto María es y será siempre para nuestra Semana Santa la puerta de la Gloria ante “los vientos que vibran con la luz y la flor” ya que Dios le “puso en los ojos la mirada sencilla y en el pecho el amor.” Los cofrades, músicos, manolas, parroquias y sus fieles la quieren en medio de sus vidas y así la coronan con el cariño, respeto y amor que merece la madre de Dios.